dandan | 04 Julio, 2007 19:55 |

Lo primero que voy a poner en estas "lecturas veraniegas" (para que se vaya actualizando el blog mientras estoy de vacaciones en Cádiz con Fernando & family) pues va a ser un capítulo del libro que Fernando está escribiendo, la salvaje batalla entre el clan de los Reyes y el clan del Chino en una escalera del barrio sevillano del las Tres Mil Viviendas. Estaba buscando un trozo para poner aquí, pero al final lo voy a poner entero. Es un poco largo para un post, pero la verdad, no sabría por donde cortarlo. Es muy bueno.
Cuidao
Afilad armas, aprestad escudos,
dad un buen pienso a los ligeros corceles
e inspeccionad los carros con esmero,
apercibiendoos para la lucha,
ya que durante todo el día
ha de poneros a prueba el siniestro Ares.
Homero: "La Ilíada."
Sevilla, Las Tres Mil Viviendas, marzo de 1980
Los Reyes no eran oriundos de la calle San Luis. Ni siquiera del barrio de
la Macarena. Ni tampoco de las Tres Mil Viviendas. Vivieron en las márgenes
del Guadalquivir cuando pasa por Coria del Río, luego se les cambió la chabola
por un piso en el barrio gitano de Sevilla, las Tres Mil Viviendas, un
descampado sembrado de bloques baratos donde llueven desde las ventanas
las bolsas de basura, y a los butaneros no les da la gana de subir en sus lomos
las pesadas bombonas de butano, por miedo o porque no queda un ascensor
vivo, ni una bombilla en las entradas de los edificios, y cuidao con los
patinazos que hay charcos en los portales, y cuidao... sube la escalera con el
mechero cual antorcha de mojones y mucho ojo si te esperan a la salida. Tal
es la leyenda. Pero no hay leyenda para los gitanos. No la hubo para los
Reyes, y allí vivieron hasta que fueron deshonrados por el Chino, o por sus
hijos, que viene a ser lo mismo, y José Reyes se vio obligado a vengar la
afrenta para recuperar el honor.
...iluminaban la escalera con los mecheros, no con la llama sino con el
chispazo breve y continuo que se produce al hacer rodar la ruedecilla que
fricciona la piedra chas chas, no queda ya ni gas en los mecheros. Pero es
igual, la chispa alumbra, el chispazo es suficiente para que los furiosos primos,
los encrespados cuñados, los tíos furibundos y demás varones aliados de los
Reyes sigan subiendo la escalera -ya van los de vanguardia por el primer piso-
y ojo que los escalones mojados resbalan. En primera línea avanza el padre,
José Reyes, vestido de negro desde el sombrero hasta los zapatos, con su
cayado de nudos y la recortada medio oculta en la camisa negra; detrás,
armados con sendas albaceteñas de siete muelles y la correspondiente vara
gitana flexible y puntiaguda, van los dos hijos mayores, Luis y Rafael Reyes
Fernández. Emilio, el hermano que le sigue a Rafael, se protege con un azadón
-ya usado otras veces con fines bélicos y buenos resultados- y sube tras sus
dos mayores pero delante de los tres primos Fernández que suben accionando
los mecheros, y uno, el Fernández chico, guarda un revólver con las cachas
nacaradas en el bolsillo trasero de sus pantalones. Sus hermanos gastan hacha
y machete de dos cuartas. Y más atrás más familia todavía, hombres jóvenes y
no tan jóvenes que siguen entrando en el bloque donde en el tercer piso letra
b se refugia el Chino con su familia y compinches más allegados. Entra en el
bloque la última tanda de gitanos y cuidao con ese charco, cuidao con la
escalera que patinan los peldaños, y sobre todo mucho cuidao a la entrada
porque no es broma que vuelan las bolsas de basura, y no precisamente la
cotidiana lluvia de basuras y desperdicios que se dirige desde las ventanas de
los pisos al sitio donde alguna vez hubo un contenedor, sin otra intención que
la muy humana de sacar la basura a la calle. Esta vez, esta noche, son muchas
las ventanas con vistas al descampao que se abren para que las gitanas
-porque son las mujeres quienes se ocupan de tales labores artilleras- saquen
por ellas sus orondos y morenos brazos y dejen caer la humillante inmundicia
sobre las huestes enemigas; así hostigan a sus rivales lanzando desde sus
ventanas bolsas de basura que revientan en explosiones mudas de olores y
porquerías al tomar contacto contra el suelo o contra las personas si hay
suertecilla y se acierta. Algunas de estas bolsas van abiertas y sueltan sus
basuras por los aires para que vuele la mierda y los papeles cagados, y caigan
vacías pero letales latas de atún abiertas con los filos que cortan como el
diablo y cuidao con los cascos vacíos de las cervezonas, que eso si te da en la
chola acabate.
-¡Pero... serán guarros!
-¡Cuidao con las ventanas, que están tirando bolsas de basura! -avisa a gritos
un gitano joven y guapo. Una monda de patata le asoma apoyada en la oreja,
como el que lleva un lápiz estilo tendero llamado Antonio o un cigarrillo
reservao pa luego.
-Primo, llevas una monda de papa en la oreja.
-No me extraña, con la que está cayendo -no se extraña el primo que además
se lame la sangre de una mano que se fue a cortar con los filos de una de esas
traidoras latas de atún.
Pero ya es igual porque consiguió entrar y ya está dentro del bloque, en el
portal y dispuesto a iniciar el ascenso junto con los últimos rezagados que
lucen peladuras de naranja, zurrapa de café en calvas y melenas, una corteza
de melón roída hasta la transparencia posada en un hombro como un
periquito... y a ese primo, que ha recibido lo suyo, se le ha colado un más que
masticado hueso de pollo en un bolsillo de sus calzonas talegueras.
Ya suben los gitanos iluminando las oscuras escaleras con los mecheros
chas chas, es la costumbre, quedan en las Tres Mil pocos bloques a los que
llegue la corriente eléctrica. La luz. En la tienda de la suegra del Chino tienen
el monopolio de las velas y no permiten ningún tipo de competencia en el
barrio. Como fieras se ponen si alguien se atreve a vender otras velas que no
sean las suyas, las velas de la suegra del Chino. -Cuidao con el Chino... lo
quiere todo el hijo la gran puta.
José Reyes sube la escalera consciente de que ya no es posible retroceder
y le da un poco de yuyo; él se conformaría con que le devolvieran la grifa que
le han sirlao a su Pedrito, su hijo más chico, incluso cree que le bastaría con
una disculpa, claro que habría de ser muy sentida y muy sincera, "un
reconocimiento de mi autoridad como gitano, sino viejo sí mayor, coño, que
por mucho que quieras tú no habías nacido aun cuando yo ya era un hombre,
Chino, y me debes un respeto, y un cierto acatamiento, como hombre y como
gitano." Ensayaba una especie de discurso José Reyes. Él, antes de lanzarse al
degüello quisiera hablar, intentar un arreglo entre el Chino y él, pero mira
hacia atrás, no a sus hijos, que a sus hijos les dice por aquí y es por aquí, sino
a los primos Fernández que son tela marinera y están llegando al descansillo
del primero, y más atrás, a toda la patulea que acaba de entrar en el bloque, y
sabe que ya no hay retroceso. Tela marinera los Fernández.
Pero no han llegado al segundo piso cuando se oye el chirrido del cerrojo
que se descorre, voces, gritos, más cerrojos, puertas que se abren en el
segundo, dos más en el primero, no se sabe cuantas en el tercero, da igual, las
que sean, lo que importa son los gitanos que de pronto salen de los pisos y
rodean a los Reyes y sus aliados, por arriba, por abajo y por los flancos. Los
mecheros chas chas centellean ahora en todos los rellanos y escaleras del
bloque. Los gitanos se miran en silencio, los dos bandos, las manos posadas en
los puños de los bastones, tamborilean los dedos en los mangos de las hachas,
acarician las culatas. Se miran y se remiran sin insultarse ni maldecirse, en
tétrico silencio. Quietos. Se miran y hay deseo de guerra en los ojos
entornados y los labios prietos. No tan quietos. Alguien con los nervios patina
en el peldaño mojado y va a caer, se agarra del primo y cerca están de caer
los dos.
-¡Coño, Julián, que me caes!
-¡Joé, primo, perdona! ¡esto patina como dios!
No caen pero se inicia un amago de movimiento en las filas de ambos
bandos. Desde el tercero, donde está atrincherado con sus leales, el Chino
asoma la cabeza por el hueco de la escalera y lanza un aviso.
-¡Reyes! ¡No sigas subiendo, hazme caso y no seas julai! ¡lárgate por donde
has venido!
José Reyes detiene su ascensión y con él todo aquel que le acompaña.
Toma aire pausadamente antes de decir:
-Chino ¿podemos hablar?
-Habla.
Y entonces se le queda la mente en blanco a José Reyes, huye de su
cerebro la pequeña perorata que preparó en el camino. Por el hueco de la
escalera la cabeza del Chino aparece y desaparece iluminada o no por las
chispas de los mecheros. ¿Qué decir? Lo único que se le ocurre.
-¡Chino, devuélveme la grifa!
-¿Se están riendo? -pregunta Luis, el hijo mayor. Le parece oír que se ríen por
allí arriba, en el tercero. Han dejado de sonar los mecheros y todo queda a
oscuras por un momento, y efectivamente, parece que se oyen risas por ahí
arriba. José Reyes está a punto de dar la media vuelta y decir "vámonos, y el
Chino que se fume toa la grifa y así reviente." Pero no puede. ¿Por qué no
puede? Es lo mismo que si quisiera volar, o no morir nunca, o ser jefe de
estado: Imposibles. Y el caso es que su situación en la escalera es delicada,
rodeados por los fieles del Chino que los miran en silencio, quietos, preparadas
las armas. Otra vez los mecheros chas chas chas, vuelve la luz de chispas, el
centelleo intermitente hace que las escaleras semejen una discoteca y parece
todo una fotografía tras otra tras otra pasando a gran velocidad. A ese ritmo
contesta el Chino:
-¿Tu grifa? Me la he fumao, la he vendío y me he gastao los jayares. ¿Y ahora
qué?
-Chino... me has faltao el respeto.
-Cucha... el respeto.
-¡Se están riendo! -acusa Luis Reyes, y es verdad, suenan risotadas en el
tercero, y en complicidad con el buen humor del Chino se sonríen sus
vigilantes compinches, armados y empalmaos con los cuchillos en las puertas
que se abrieron, en los rellanos, en las escaleras, rodeando y sin quitar nunca
el ojo a los Reyes y familiares. Les ha hecho gracia; "cucha... el respeto."
Ciertas cosas jamás las consentirá un gitano, entre ellas que el hijo de la
gran puta de oros venga a reírse de sus mayores.
-¡Vamos! -ruge Emilio- ¡Vamos ya! ¡Qué esperamos! -Y blande el azadón con
sus poderosos brazos.
El clamor estalla. Reyes y aliados suben, los compinches del Chino bajan,
salen de los pisos en oleadas, atacan desde todos los puntos agitando
bastones, cuchillos, hachas y puños, pero no hay distancia para tomar
demasiada carrerilla y el encontronazo se produce rápido y violento. Los tres
hijos de José Reyes son los primeros en trabar contacto. Luis Reyes, la mente
fría y el rostro inexpresivo, ha desplegado la hoja de su albaceteña -crac crac
crac hasta siete veces sonaron sus muelles- y con la otra mano empuña su fina
y flexible vara de bambú. Será precisamente esa vara la que produzca la
primera herida de la noche -swisss- un fino silbido en el aire hasta encontrar el
rostro del mayor de los hijos del Chino, Ismael, justo uno de los cerdos que le
quitó la grifa a su hermano y que por ser responsable de la guerra va en
primera línea, en la vanguardia, según lo dispuso su padre, Antonio Martínez
"el Chino". Cuando la vara se aleja ya del rostro de Ismael una delgada raya
encarnada aparece en su mejilla, y no se ha repuesto de la sorpresa cuando la
albaceteña de Luis cae sobre su muñeca y el dolor y la impresión de la sangre
le hacen soltar la picha de toro, la misma con la que golpeó a Pedrito para
quitarle la grifa que el pequeño Reyes vendía a la hora del recreo en la
escuela. Un primo de Ismael quiere evitar más castigo y se lanza a defenderlo
blandiendo contra Luis un bastón de hierro.
-¡Para, hijo de puta, que lo vas a marar! -aúlla y descarga el bastón contra la
cabeza de Luis, pero ahí está su hermano Rafael al quite interponiendo su
vara. El bastón, más pesado, quiebra el bambú pero se desvía lo suficiente
para que Luis Reyes esquive el bastonazo y el primo pierda la posición para no
volver ya a recuperarla, pues, y por la espalda, como es su estilo, Emilio
remata la faena con un azadonazo que quita de en medio al primo
entrometido.
Entrecortadas, fijas, intermitentes las imágenes por el curioso efecto de la
chispa azul de los mecheros, hay ambiente de "boite", sólo faltaría una poca
música para que esto degenerase en baile, pero no la hay, la única música son
las pavorosas maldiciones que se cruzan por las escaleras, que rebotan de
rellano en rellano, los terribles juramentos y el crujido de los huesos al
quebrarse. Tal es la música de esta boite improvisada y siniestra en un bloque
barato de las Tres Mil. Faltan quizá las parejas magreándose en la oscuridad, si
bien tienen su sucedáneo en los gitanos guerreros que se enzarzan también en
parejas, incluso en tríos, hostias en vez de caricias y dentelladas en lugar de
besos.
Han caído gitanos de uno y otro bando y se forma un tapón entre el primer
y segundo piso, así los gitanos de atrás no tienen forma de seguir avanzando,
de acceder a la batalla. José Reyes, ajeno a tapones, detiene su ascenso y,
protegido por sus hijos, prepara la recortada, la abre y con suma parsimonia
-rodeado por el caos y los alaridos de los descalabrados- introduce los dos
cartuchos, la cierra con seco movimiento -cle clac- y dirigiendo su voz al negro
hueco de la escalera vocea:
-¡Chino! ¡Chino! -destaca su vozarrón sobre el fragor formidable de la batalla.
-¡Dejadme pasar, joé! ¡Dejad paso! -No hay manera de que uno de los
Fernández, Genaro Fernández Cobos, pueda acceder a la refriega, atascado
entre el primero y segundo piso.
-No te empeñes, Genaro. No te hagas mala sangre, que ya ves que cuando no
se puede no se puede.
-¡Chino! ¡Chino, da la cara! -Poco a poco, escalón por escalón, José Reyes se
acerca al tercer piso. Hace ya algún rato que el Chino ha enmudecido, no se le
oye bravuconear, y mucho menos reír. A pesar de la inicial desventaja, a pesar
de ser menos y peor situados, los Reyes y sus aliados en la guerra están
ganando las mejores posiciones.
-¡A tomar por culo! -celebra su triunfo Juan Fernández cuando descalabra al
hermano pequeño del Chino, Isidoro, 19 años, con su larga porra de policía
¡plom! en toda la coronilla, salpica la sangre, le brillan los ojos, grita salvaje en
la oscuridad mientras el cuerpo abatido cae por las escaleras, rueda hasta que
lo frenan las botas con puntera de hierro de otro Fernández, Genaro, que pasa
por encima suyo pisándole la cara y entra por fin en batalla repartiendo
mandobles a ciegas.
-¡Canallas, no me hace falta ni ver! ¡perros!
Sólo hay luz donde los taponamientos, gitanos que mientras no entran en
batalla siguen dale que te pego con los mecheros chas chas, y en los rellanos
donde gitanas y niños mantienen alguna vela encendida con la puerta de su
casa abierta y preparada para la pronta huída. Porque ahí donde se reparte la
leña están casi a oscuras, ningún combatiente se entretiene en darle a la
ruedecita para que salte la chispa.
Qué diestro es Emilio con su azadón, no lo haría tan bien ni con tanto
entusiasmo si tuviera que emplearlo en el campo para remover la tierra o
escachifar la remolacha. Emilio es quizás el hermano Reyes que más disfruta la
violencia. El azadón es arma letal, pero su pericia llega al punto de golpear lo
justo para romper sin matar, lo hace con el azadón de lado, de forma que te
descalabra sin asesinarte. Elige siempre, si puede, atacar por la espalda sin
descuidar las suyas. El mismo caos de la batalla le ayuda a aplicar su
estrategia, pero ahora un gitano enjuto y largo como un fideo le ataca de cara,
debe ser pariente cercano del Chino porque tiene los mismos ojos rasgados, la
misma nariz aplastada. Ataca con un machete de doble filo con la punta rota
para desgarrar mejor allá donde penetre. Emilio establece una distancia
conveniente con el azadón pero el rival es rápido y hábil con su arma, lanza
viajes que Emilio va pasar preocupantemente cerca, tiene que ceder terreno y
en una de ésas, al esquivar un machetazo dirigido a su costado, despega su
espalda de la protección de la pared y el gitano del machete ya no le deja
recuperar su posición. Luchan en el primer tramo de escaleras que media entre
el segundo piso y el tercero, situado el achinado rival unos peldaños más
arriba que Emilio, quien ahora, cuando el enemigo le come más y más el
espacio, tiene serios problemas para manejar el azadón, es más, sin querer, y
debido a la proximidad entre sí de todos los combatientes, ha golpeado a su
hermano Rafael al echar hacia atrás el arma.
-¡Ay! ¡Me cago en tus mulas toas, Emilio, coño! -se queja el hermano, se lleva
la mano a la frente donde golpeó sin querer y de refilón la temible azada.
-Si es que no quepo -se disculpa Emilio.
Y es verdad, no hay sitio, el poco que había se lo quita ahora otro rival que
acude en ayuda del chinoide.
-¡Te vas a tragar esa azada con papas, perra! -amenaza el recién llegado
blandiendo una pesada tubería de plomo.
No se sabe nunca donde coño mira el Bizco. Eso vale para desconcertar a
los enemigos, por eso el tubería cree que Emilio mira hacia su hermano en
busca de ayuda, cree que Emilio ha descuidado la vigilancia, y en ese
momento en el que piensa que su rival ha desviado la concentrada mirada que
vigila los movimientos de su tubería, en ese momento ataca. Craso error. En
realidad es cuando más pendiente estaba, más que nunca, porque aunque
mirara hacia su hermano lo que veía eran los ojos del rival, y los ojos lo dicen
todo, cuando van a atacar y cuando no, así que cuando la tubería desciende
tras tomar impulso, la cabeza del Bizco ya no está, sólo encuentra el vacío, y
no se ha recuperado aun del fallido golpe cuando el azadón le golpea en dos
tiempos, uno: con el mango en el estómago; dos: con el canto de la hoja en la
chola, y suelta la tubería -clon, clon, rueda por los peldaños- y así desarmado,
sangrante la cabeza, dolorido el estómago, huye el gitano escaleras abajo.
Clon, clon, rueda la tubería un buen trecho, escalón tras escalón pasa
justo por el lado de Santiago Martínez, el hermano mayor del Chino que recién
acaba de enviar al limbo a Paco Romero, el del kiosco de chucherías en Las
Vegas. Clon, clon, pisa Santiago la rodante tubería con sus botos camperos de
Ubrique, la detiene, se agacha, la recoge. Es zocato, así que la empuña con su
mano izquierda, la aprieta con mucha fuerza -blancos los nudillos- y dirigiendo
su torva mirada hacia Emilio Reyes sube despacio los peldaños que le separan
del Bizco, quien ya tiene al luchador del machete acorralado y a punto de
asestarle el azadonazo definitivo, tan seguro de su victoria que descuida las
espaldas, y al alzar el apero para descargarlo contra el machetero descubre en
los ojos del rival algo que no es el terror esperado, y eso le hace dudar, por un
brevísimo instante queda arriba la azada, suspendida, y entonces y de repente
entiende, intuye, sabe que tiene alguien a sus espaldas, pero ha pasado medio
segundo y ha perdido todas las opciones, no le da tiempo de volverse pero sí
para ver el triunfo reflejado en los ojos del acorralado rival casi al mismo
tiempo que su coronilla recibe por detrás el plomo de la pesada y gris tubería.
Suelta el azadón, cae de rodillas, inclina la cabeza y ofrece inconsciente la
nuca. Arriba el machete se dispone el gitano a darle la puntilla.
-¡No! -tiene un punto de piedad o de prudencia Santiago Martínez cuando el
gitano del machete se dispone a la ejecución.
-¡Se han cargao al Emilio! -corre el rumor por las escaleras- ¡Le han dao mulé
al Emilio!
-¡Se han cargao al Emilio! -llega la noticia a oídos de su padre que duda entre
seguir su camino directo al Chino o bajar y atender al hijo descalabrado.
-¿Lo han marao? -pregunta con angustia.
-Vámonos de aquí, quiyo, aligera -sugiere Santiago de la Tubería cuando el
machetero mira el cuerpo del Bizco que se desplomó definitivamente y yace
boca abajo, con la duda de si por lo menos -y ya que no lo va a matar- meterle
o no una cuarta de machete por el culo.
-¿Pero lo han marao? -nadie contesta la pregunta de José Reyes
-Yo me voy -asegura Santiago Martínez, pero no se va. Agarra del brazo al
compañero del machete y tira de él.
Demasiado tarde. Como verdaderas bestias se les echan encima dos de los
Fernándeces, la tubería de plomo sale volando por la violencia del choque,
caen los cuatro sobre el cuerpo yacente de Emilio, cae también el machete
peldaños abajo, uno, dos, tres, hasta detenerse y quedar sin dueño, libre y
solitario, su hoja mellada con los tintes rojos de la sangre Emiliana. Los
Fernández, a la misma vez, machacan cabezas y estómagos, sin armas, a
puñetazo limpio, la vengativa furia se cierne como un pajarraco sobre sus
oponentes y ciega sus ojos, castiga sus rostros, nubla su mente, grazna en sus
oídos hasta ensordecerlos. Santiago Martínez y el gitano del machete caen
vencidos. A la misma vez, los Fernández se levantan vencedores y estrechan
sus manos.
Hay muchos heridos ya por ambas partes y los combatientes no se
calman, siguen empujando los Reyes, aguantando los Chinos.
-Chino, devuélveles la grifa y que se najen -sugiere un hermano del Chino
cuando ve con desesperación que la guerra llega sin remedio al rellano del
tercero, donde los familiares más próximos del Chino, hermanos, hijos
mayores, y el mismo Chino en persona aprestan sus armas y se preparan para
el combate.
Escaleras abajo las imprecaciones, los insultos de uno y otro bando se
cruzan, se enredan y se desenredan, forman bucles sonoros, juramentos que
se rizan por las escaleras, por el hueco de la escalera, en los descansillos.
Vuelan las maldiciones, se arrastran, trepan, se enlazan y desenlazan en el
fragor de la contienda. Cae, se desprende la cal y la pintura de las paredes,
grandes desconchones, salta el yeso a pedazos y caen esquirlas de algo en
alguna parte.
Regados por el sudor y la sangre los Reyes aúllan, golpean, insultan,
avasallan y avanzan quebrando la moral de los enemigos. Más de uno quisiera
huir, pero los tapones en la escalera lo impiden. Aquellos que salieron de los
pisos creyendo que emboscaban a los Reyes se dan cuenta de que la maniobra
resultó inútil -el poco espacio entre los contendientes anuló cualquier ventaja-
y ahora intentan volver a sus viviendas.
-¡No huyáis, mamonas! ¡Dad la cara! -ruge Juan Fernández ebrio de sangre y
victoria, patea la puerta del segundo primera tras la cual quiso escabullirse
nada menos que el suegro del Chino y la derriba de formidable coz con sus
botas militares, salta el cerrojo, vuelan los tornillos que lo sujetaban a la
madera, entra Juan enarbolando su hacha y destroza lo que encuentra, que no
es mucho, la mesa camilla, un florero, la televisión, alguna silla, un sillón que
seguro era exclusivo de las posaderas del suegro que debe estar escondido en
la cocina, o tras el pestillo del cuarto de baño.
-¡Sal a pelear como los tíos, mujereta!
Fueron sus últimas palabras. Ni siquiera vio desde dónde le dispararon,
oyó el estruendo seco del primer disparo y lo sintió penetrarle en el costado,
pero ya no oyó el segundo, el que lo acabó de rematar cuando todavía estaba
de pie, y eso que la bala le entró por una oreja y salió por la otra, como para
no oírla. Pues no la oyó. Murió de pie, y de pie estuvo aún unos segundos en
misterioso equilibrio, hasta que se doblaron sus rodillas. Muerto. La primera
muerte. Va a caer al suelo, pero Genaro Fernández, hermano del recién caído,
entra justo después del segundo disparo y tiene tiempo de recogerlo en sus
brazos antes de que el cadáver se derrumbe y caiga definitivamente; es su
hermano y lo tiene muerto entre sus brazos con los grandes ojos abiertos que
parece que le miren. Mana la sangre por grandes boquetes en la cabeza y el
costado izquierdo, y Genaro no puede evitar que un ligero mareo haga temblar
la mano que ya dirige hacia el bolsillo trasero de sus pantalones de pana donde
apalanca su viejo revólver con las cachas nacaradas. Raimundo Cuéllar, autor
de los disparos y suegro del Chino, contempla el cuadro de los hermanos y la
muerte desde la barricada que con prodigiosa rapidez ha levantado en la
cocina, contempla y apunta al hermano vivo, vuelve a disparar su pistolón y la
bala se lleva de paseo el lóbulo del mareado Genaro.
-Caguen la leche jodía. Qué suerte tiene ese calorro -se lamenta Raimundo por
el disparo fallido.
Todavía bajo los efectos del inoportuno mareo y con media oreja menos
Genaro quiere sacar el revólver, no puede, lo tiene como atrancado en el
bolsillo. Aguanta el cadáver de su hermano, pero lo suelta, lo deja caer cuando
ve que Raimundo apunta cuidadosamente y aprieta el gatillo. Cierra Genaro los
ojos en espera del impacto mientras el cuerpo del hermano resbala lentamente
de sus brazos al suelo de losas frías y moteadas. Aprieta el gatillo Raimundo...
y nada, está encasquillado, aprieta una y otra vez, nada. La lentitud con que
ha caído el finado Fernández contrasta con el nervio de Raimundo y sus
intentos de desencasquillar el atorado pistolón.. Genaro lo mismo, tiene un hilo
o lo que sea enganchado en alguna parte del revólver que le impide sacar el
arma de su bolsillo. Desiste finalmente Genaro y se decide por el ataque
frontal.
-Qué pasa, Raimundo, aligera con la pipa que voy a por ti.
Raimundo se estremece. Los Fernández son terroríficos, lo sabe, son
temibles, lo sabe, y él ha matado a uno y tiene a otro delante, vivo, ganoso de
vengar a su hermano.
-Aligera, Raimundo, gigona -avisa Genaro y empieza su avance, pasa por
encima de Juan Fernández, un pie y el otro pie, un paso hacia la barricada,
Raimundo frenético oprime una y otra vez el gatillo borde, el gatillo sin fruto,
el gatillo estéril, ni siquiera intenta la huída, o encerrarse en el baño cuya
puerta está ahí, en la misma cocina donde levantó la barricada. Dos poderosas
manos alzan su cuerpo de gitano viejo y lo hacen atravesar en volandas la
improvisada protección de mesas, sillas y trastos que fabricó en un santiamén
Raimundo Cuellar, suegro del Chino, matador de Juan Fernández.
-Me voy a buscar una ruina, fijo -pronostica Genaro Fernández cuando sus
manos empiezan a apretar el cuello de Raimundo.
Y mientras tanto, el avance hacia los puestos del Chino es imparable.
Disparan desde el tercero, una vez, otra vez, otra vez, disparos de pistola;
un movimiento de terror y retroceso se produce entre los asaltantes y son
varios los cuerpos que ruedan por las escaleras. Contra viento y marea, ajeno
al formidable estruendo de los disparos, José Reyes prosigue la ascensión,
sube, zumban a su alrededor las balas, silban siniestras en la oscuridad, pasa
por encima del cuerpo de su hijo Luis, que resbaló, ha quedado tendido en los
escalones y no se atreve a ponerse de pie.
-¡Papa! ¡papa! ¡tírate al suelo, papa! ¡al suelo! -suplica Luis Reyes, le agarra
desde el suelo la pernera del negro pantalón, tironea hacia abajo.
-¡Lo han marao! ¡Han marao al Juan! -aúlla desesperado Julián, el tercer
Fernández-. ¡Tito! ¡Tito! ¡le han dao mulé! ¡lo han marao!
José Reyes oye el fúnebre lamento de Julián y de violenta patada se libera
de la garra del hijo en la pernera de su pantalón.
-¡Déjame, leches!
Prosigue la ascensión.
-¡Tito! ¡Tito! ¡Han marao a mi Juan! ¡tito, han marao a mi Juan! ¡le han dao
mulé!
-¡Papa! ¡por tus hijos, papa! ¡por tus hijos! ¡por nosotros, papa! ¡no sigas
subiendo! -Rafael se unía también a las súplicas de Luis. Y eran súplicas
sinceras.
No son, por supuesto, los únicos y desgarradores lamentos. Ayes, alaridos,
insultos, juramentos, maldiciones y porrazos se siguen escuchando por todo el
bloque. Arriba, en el rellano del tercero, el Chino acaba de vaciar el cargador
de su pistola, el descansillo está a oscuras y sobre el fragor del combate se
destacan los aullidos de dolor de Julián Fernández por la muerte de su
hermano. Nadie se da cuenta de que José Reyes asoma por el tramo final de la
escalera, sube pegado a la pared, despacio, muy despacio, todo a oscuras, no
queda ya ni piedra en los mecheros, lento y silencioso como sombra ajena a la
lucha que tiene lugar en la escalera, ajeno a los gitanos que pelean a su
mismísimo lado, él avanza, avanza hacia el resplandor que en el descansillo del
tercer piso produce una linterna de pilas aportada por un cuñao del Chino.
Nadie lo vio, nadie se dio cuenta.
-Chino.
-¡Eh? Me cago en D... -tiene a José Reyes enfrente de él, ha surgido de las
sombras. La blasfemia, automática, surge de los labios del Chino, y le hubiera
gustado completarla, pero ya están los dos cartuchos, más veloces que las
palabras, saliendo por los cañones mutilados de la recortada que apunta justo
entre los rasgados ojos por los que todos en las Tres Mil te llamaron "el Chino",
Chino.
| « | Agosto 2008 | » | ||||
|---|---|---|---|---|---|---|
| Lu | Ma | Mi | Ju | Vi | Sa | Do |
| 1 | 2 | 3 | ||||
| 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 |
| 11 | 12 | 13 | 14 | 15 | 16 | 17 |
| 18 | 19 | 20 | 21 | 22 | 23 | 24 |
| 25 | 26 | 27 | 28 | 29 | 30 | 31 |