nihil alienum

dos historias + de Eduardo Galeano

dandan | 12 Octubre, 2006 19:49 | del.icio.us latafanera.cat meneame.net technorati.com

Estaba buscando si había algo en la red del libro que me decía Guille el otro día, "Memoria del fuego", de Eduardo Galeano (y he encontrado un pequeño fragmento aquí), cuando he vuelto a caer en la página de donde saqué la crónica de la Habana. Como solo buscaba eso no me la miré toda, y hoy he estado leyendo el resto de crónicas. Forman parte de otro libro de Galeano, "El libro de los abrazos", un título genial donde los haya, y las dos primeras crónicas que he leído, la de Montevideo y la de Buenos Aires, me han emocionado. Las voy a poner aquí en el mismo orden en que las he leído.

Crónica de la ciudad de Montevideo

Julio César Puppo, llamado El Hachero, y Alfredo Gravina, se encontraron al anochecer, en un café del barrio de Villa Dolores. Así, por casualidad, descubrieron que eran vecinos:

-Tan cerquita y sin saberlo.

Se ofrecieron una copa, y otra.

-Se te ve muy bien.

-No te vayas a creer.

Y pasaron unas pocas horas y unas muchas copas hablando del tiempo loco y de lo cara que está la vida, de los amigos perdidos y los lugares que ya no están, memorias de los años mozos:

-¿Te acordás?

-Si me acordaré.

Cuando por fin el café cerró sus puertas, Gravina acompañó al Hachero hasta la puerta de su casa. Pero después el Hachero quiso retribuir:

-Te acompaño.

-No te molestes.

-Faltaba más.

Y en ese vaivén se pasaron toda la noche. A veces se detenían, a causa de algún súbito recuerdo o porque la estabilidad dejaba bastante que desear, pero en seguida volvían al ir y venir de esquina a esquina, de la casa de uno a la casa del otro, de una a otra puerta, como traídos y llevados por un péndulo invisible, queriéndose sin decirlo y abrazándose sin tocarse.

Crónica de la ciudad de Buenos Aires

A mediados de 1984, viajé al río de la Plata.

Hacía once años que faltaba de Montevideo; hacía ocho años que faltaba de Buenos Aires. De Montevideo me había marchado porque no me gusta estar preso; de Buenos Aires, porque no me gusta estar muerto. Pero ya en 1984 la dictadura militar argentina se había ido, dejando a su paso un imborrable rastro de sangre y mugre, y la dictadura militar uruguaya se estaba yendo.

Yo acababa de llegar a Buenos Aires. No había avisado a los amigos. Quería que los encuentros ocurrieran sin hacerlos.

Un periodista de la televisión holandesa, que me había acompañado en el viaje, me estaba entrevistando frente a la puerta de la que había sido mi casa. El periodista me preguntó qué se había hecho de un cuadro que yo tenía en mi casa, la pintura de un puerto para llegar y no para marcharse, un puerto para decir hola y no adiós, y yo empecé a contestarle con la mirada clavada en el ojo rojo de la cámara. Le dije que no sabía adónde había ido a parar ese cuadro, ni adónde había ido a para su autor, el negro Emilio, Emilio Casablanca: el cuadro y Emilio se me habían perdido en la niebla, como tantas otras gentes y cosas tragadas por aquellos años de terror y lejanía.

Mientras yo hablaba, advertí que una sombra venía caminando por detrás de la cámara y se quedaba a un costado, esperando. Cuando terminé, y el ojo rojo de la cámara se apagó, moví la cabeza y lo vi. En aquella ciudad de trece millones de habitantes, el negro Emilio había llegado hasta esa esquina, por pura casualidad, o como se llame eso, y estaba en aquel preciso lugar en el instante preciso. Nos abrazamos bailando, y después de mucho abrazo Emilio me contó que hacía dos semanas que venía soñando que yo volvía, noche tras noche, y que ahora no lo podía creer.

Y no lo creyó. Esa noche me llamó por teléfono al hotel y me preguntó si yo no era sueño o borrachera.


Hay otra crónica más que buena, la de Managua, pero ya no la voy a poner aquí para no alargar esto demasiado. Lo que me gusta de estas historias de Galeano, aparte de lo bien escritas que están, es que las crónicas de las ciudades se resuelvan en cuatro líneas sobre lo que ha pasado en una esquina. Un fogonazo.

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