Estos dias he tenido varias convesaciones sobre latinoamérica. Con Silvia, que estuvo hace poco en Uruguay y me explicaba lo tranquila que es la vida allí y la buena impresión que le causaron los uruguayos, con Pablo, que se ha ido a recorrer Méjico y estuvimos hablando, antes de irse, de lo diferente que es la gente allí y aquí (estuvo viviendo un año en Costa Rica y ahora vuelve un poco más al norte), bueno, y las estupendas historias bolivianas de Teresa.
Pues hoy he leido, en el blog de
David Sasaki (desde Venezuela), una crónica de La Habana de
Eduardo Galeano, el autor de
Las venas abiertas de America Latina. La historia no tiene desperdicio y la voy a copiar aquí (él la ha traducido al inglés pero la he encontrado en español):
Crónica de la ciudad de La Habana
Los padres habían huido al norte. En aquel tiempo, la revolución y él estaban recien nacidos. Un cuarto de siglo después, Nelson Valdés viajó de Los Angeles a La Habana, para conocer su país.
Cada mediodía, Nelson tomaba el ómnibus, la guagua 68, en la puerta del hotel, y se iba a leer libros sobre Cuba. Leyendo pasaba las tardes en la biblioteca José Martí, hasta que caía la noche.
Aquel mediodía, la guagua 68 pegó un frenazo en una bocacalle. Hubo gritos de protesta, por el tremendo sacudón, hasta que los pasajeros vieron el motivo del frenazo: una mujer muy rumbosa, que había cruzado la calle.
-Me disculpan, caballeros -dijo el conductor de la guagua 68, y se bajó. Entonces todos los pasajeros aplaudieron y le desearon buena suerte.
El conductor caminó balanceándose, sin apuro, y los pasajeros lo vieron acercarse a la muy salsosa, que estaba en la esquina, recostada a la pared, lamiendo un helado. Desde la guagua 68, los pasajeros seguían el ir y venir de aquella lengüita que besaba el helado mientras el conductor hablaba y hablaba sin respuesta, hasta que de pronto ella se rió, y le regaló una mirada. El conductor alzó el pulgar y todos los pasajeros le dedicaron una cerrada ovación.
Pero cuando el conductor entró en la heladería, produjo cierta inquietud general. Y cuando al rato salió con un helado en cada mano, cundió el pánico en las masas.
Le tocaron la bocina. Alguien se afirmó en la bocina con alma y vida, y sonó la bocina como alarma de robos o sirena de ncendios; pero el conductor, sordo, como si nada, seguía pegado a la muy sabrosa.
Entonces avanzó, desde los asientos de atrás de la guagua 68, una mujer que parecía una gran bala de cañón y tenía cara de mandar. Sin decir palabra, se sentó en el asiento del conductor y puso el motor en marcha. La guagua 68 continuó su recorrido, parando en sus paradas habituales, hasta que la mujer llegó a su propia parada y se bajó. Otro pasajero ocupó su lugar, durante un buen tramo, de parada en parada, y después otro, y otro, y así siguió la guagua 68 hasta el final.
Nelson Valdés fue el último en bajar. Se había olvidado de la biblioteca.
Es una historia cubana, escrita por un uruguayo y que a David Sasaki, que es venezolano, le sirve para explicar su imagen de Cuba. Pero desde España (quizá por un problema con el zoom) la historia cuenta algo que difícilmente podría ocurrir aquí, y que se suma a otras historias de cosas que tampoco podrían ocurrir aquí, y allí sí ocurren. Bueno, a veces también ocurren aquí. Esta historia me ha hecho recordar una anécdota familiar que solía explicar mi abuela. Mis abuelos eran canarios y vivían en Tafira, al lado de Las Palmas. Cuando fueron a bautizar a su hija pequeña (mi tia) por lo visto iban contentos, y un primo de mi abuelo se hizo cargo del órgano de la iglesia y empezó a tocar "La cucaracha". Se montó la juerga, y mi abuela siempre decía que no estaba segura de que, al final, hubieran bautizado a su hija. Esto debía ser por 1930, pero era en Canarias, y en Canarias también pasan cosas que no pasan aquí, y cuando digo aquí digo en Barcelona. De esto hablábamos con Pablo, de las cosas que no pasan en Barcelona, aunque Barcelona está cambiando con la llegada de nuevos barceloneses, así que me voy a sacar la licencia por si algún dia me toca conducir el autobús hasta mi parada.
Re: una crónica de la ciudad de La Habana
Fabián | 09/10/2006, 23:44
Historia muy bonita y sabrosa.
En los años cincuenta Palma era aún la ciudad de la calma. Uno de los tranvías iba desde Palma hasta Cas Catalá, al hotel Maricel en un trayecto largo de varios kilómetros. Entonces sólo había pequeños comercios y en ocasiones los usuarios pedían al tranviario que parara junto a alguno de ellos, ya fuera un estanco o un colmado. El tranvía paraba y todos esperábamos pacientemente que el usuario realizara sus compras y tornara. No era infrecuente. Hoy día sería impensable.